MATÍAS ÁVALOS
Mike Wilson, Grado Cero, Santiago 2019

Desacelerar la experiencia para experimentar la certeza


Propongo cambiar una palabra para referirnos a la vida literaria de quienes escriben: carrera por camino. Lo pensé durante la lectura de los nueve libros que lleva publicados entre novela, ensayo y nouvelle Mike Wilson [Misuri, 1974].

La palabra carrera tiene una connotación de velocidad y competencia, pero esa es una crítica habitual, me interesa otra. En una carrera se va de un punto a otro, ese es el objetivo, y cuánto más recto mejor. Al revisar los trabajos de Wilson podemos ver «un orden lógico de transformaciones sucesivas» desde los collage de influencias literarias de sus primeros libros, a las respuestas portentosas a las mismas preguntas trascendentales de los últimos, pasando por un medio de investigaciones rigurosas, de acercamiento y difusión a obras y problemas, tan difíciles como luminosos y necesarios: la relación entre cognición y literatura,  el pensamiento de Witgenstein. Todo esto suena lógico a posteriori, en perspectiva, pero en cada momento sus gestos son radicales y arriesgados: una vez doctorado decidirse por Sudamérica, salirse del amparo de una agencia literaria y una editorial grande en función de entrar en proyectos escriturales complejos en editoriales de nicho, o en ciudades distintas de la que reside.

Esto es posible si se concentra en lo que importa, ni la lectoría, ni la venta, ni el estilo que más o mejor llegue, ni las teorías que más convienen articular conforme al paradigma [más comunicacional que filosófico] que esté de moda, concentrarse exclusivamente en escribir. Mike Wilson con su «página o página y media al día», con su «desaceleración de la experiencia» a partir de las descripciones, se convirtió enuna de las voces más sólidas y oxigenantes de la narrativa chilena.



Naciste en EEUU y te criaste en Buenos Aires. ¿Cómo llegaste a Chile?



Yo estaba estudiando en Cornell, haciendo un doctorado y cuando terminé sabía que quería volver a Argentina o venirme a Chile a vivir, que en EEUU no me iba a quedar, no me sentía cómodo, me encanta visitar, tengo mi familia allá, es un excelente lugar para estudiar, pero para el día a día no. Cuando terminé el doctorado estaba toda esta situación Argentina del corralito y los 20 presidentes en una semana, buscar un puesto en una universidad en ese momento de crisis era por lo menos complejo; además yo viví en Buenos Aires la época de la hiper inflación a fines de los 80', y esa incertidumbre es difícil. Entonces me vine a Santiago cerca del 2005 y ya cerca del 2009 pasé a la planta fija de la Universidad Católica. Estoy muy feliz ahí. Así que me quedé.



¿Santiago era una opción latinoamericana alternativa a Buenos Aires o tenías relación anterior?



No, cuando era chico viví acá un tiempo y visitaba seguido, me sentía en casa acá y como en Buenos Aires estaba muy difícil me decidí venir.



¿El púgil es contemporáneo a esa crisis argentina?



Claro, lo empecé a escribir cuando estaba en Cornell todavía, luego lo dejé ahí y lo tengo que haber terminado como en el 2006. En el 2008 se publicó.



¿Es una autoedición? Tenía entendido que Forja hacía las veces de impresores de algunos autores.



No, es una editorial chica. En esa época nadie sabía quién era dentro del mundo de la literatura, fui a un montón de editoriales independientes chicas que no me pedían plata, esa era la premisa, que no me pidieran plata, y finalmente salió por Forja que en ese tiempo igual sacaban libros interesantes. Y le fue bien. Circuló el libro, circuló, que eso es importante. En esa época habían muchos más medios, más espacios para lo cultural. Todavía en esa época El Mercurio tenía una revista de libros aparte del Arte y Letras, La Tercera tenía una revista de cultura, habían más espacios para la circulación. Yo creo si ahora saco mi primer libro la tendría difícil, con suerte obtenga una mención en algún sitio en internet, quizás. Además ahora se edita mucho más. Eso igual me gusta mucho.



Después de eso viene el trabajo con agencia literaria, ¿cierto?



Sí, después de Púgil me contactaron de la agencia de Guillermo Schavelzon y estuve con ellos para Zombie y Rockabilly. Al final de esos libros me alejé tanto de la editorial como de la agencia.



Yo conocía ese hito de tu biografía, pero ¿cómo es pasar a formar parte de una agencia?



Me llegó un mail proponiéndome trabajar con ellos. A mí también me sorprendió. Y la experiencia estuvo bien, es grato no tener que preocuparse por cosas de contrato y eso. Pero en general tampoco les convenía yo. No vende mucho lo que escribo y ellos viven de eso, ventas, cantidades, y tampoco me sentía muy cómodo después de esos dos libros en una editorial muy grande, estuvo bien la experiencia pero a mí no me acomodaba. No encaja ni con mi personalidad ni con mi forma de trabajar.



Me imaginaba que un tipo con una escritura como la tuya no debe estar cómodo trabajando con plazos y eso.



Claro, hay plazo y se entiende, para ellos que son un negocio y trabajan con productos el énfasis está en eso, y está bien, pero yo no me sentía cómodo. Hay ciertas cosas que se esperan de ti en cuanto  prensa o difusión que me costaban mucho. Así que no fue una decisión que me costó. Yo ahí estaba escribiendo Leñador y tenía clarísimo que no lo iba a sacar con Alfaguara.



¿Fue el libro el que te dio esa certeza?



La tenía antes. A mí me da mucha claustrofobia no sentirme libre. Cuando estás con una agencia, publicar algo, re publicar algo o que se te acerquen para traducirte algo son decisiones que deben pasar por ellos. Todo tiene que pasar por ahí, que es lógico, pero prefiero si tengo ganas de hacer algo, hacerlo nomás, sin intermediarios. Y caro, las editoriales grandes tienen esto de cuánto vende un libro, o qué libro vende más y a mí no me interesa.



Scout circuló de forma gratuita ¿qué te impulsó a publicarlo en ese formato? ¿dónde se distribuyó?



Era un texto que escribí en poco tiempo, en unas 3 semanas, y es una historia relativamente breve. Pensé que imprimirlo yo era una opción atractiva. No tendría que someterme a tiempos editoriales, podía bypassear todo el tema de derechos y prensa, no preocuparme de lanzamiento ni de platas. Lo distribuí gratis en librerías que me quedaban más o menos cerca, Metales Pesados, Qué Leo Forestal, Catalonia y Altamira. Ellos tuvieron la buena onda de permitirme dejar copias cada semana por un par de meses. La gratuidad fue por algo práctico, cobrar algo activa toda una burocracia comercial, entre lo que le corresponde a las librerías, iva, y quién sabe qué más. Además a mí no me costaba casi nada, solo lo que salía papel de impresora, tinta y corchetes, y la pasé bien armándolo.



Me interesaba esa dimensión porque nuestro medio está formado por editoriales independientes, a esta altura ya se hace una autocrítica constante sobre el término, pero nos olvidamos qué tiene de bueno publicar en editoriales independientes. Ni hablar de algunos editores que piensan como holdings.



Además hay muchas, yo estoy muy feliz en Fiordo. Primero porque le tienen mucho cariño a los libros y segundo porque hay cierta ventaja en no estar ahí, no estar presente en el lugar donde sale el libro originalmente. Si estuviese viviendo allá, sería buenísimo publicar en Santiago.



Fogwill decía algo así sobre Cohen, que estar en Barcelona volvía lenta la circulación de su literatura en el medio argentino, pero por otra parte le permitía elaborar una escritura muy particular.



Es que uno está más lejos del ruido directo.



Otra cosa muy notoria en tu biografía es esto de la investigación: ¿qué aspectos hay presentes de tus investigaciones sobre el sentido en Leñador y Ciencias Ocultas?



Es que las obsesiones que tengo desde joven son mayormente existenciales, la idea de certeza, de sentido o de verdad. Entonces siempre está esa lucha entre el lenguaje y lo que solamente se manifiesta en la experiencia. En ese sentido, por ejemplo, en el caso de Leñador se explora, el narrador más bien lo explora, esto de alejarse del ruido pero no caer en las trampas del lenguaje. Poder desacelerar la experiencia para poder experimentar la certeza, que nunca se ha ido, siempre ha estado ahí, lo que pasa es que nosotros nos enrollamos, fabricamos dudas y queremos forzar el lenguaje sobre cosas donde no corresponde. Para mí Leñador tiene un acercamiento muy luminoso a eso. Yo creo que de cierta forma, ya pensando en retrospectiva, Ciencias Ocultas es un contra libro que levanta la misma idea, el lado quizás más oscuro de lo mismo. Ambos libros están enarbolando la idea de que la verdad o el sentido es algo que no está codificado, no está en el lenguaje, no está en la ciencia. Y claro eso está, está en El Púgil está en todos mis libros.



Eso se percibe a lo largo de tu obra, pero no lo explicás, uno piensa ¿cree en el sentido, no cree?



O sea sí, para mí el sentido, la verdad, abundan, el problema es que no de la forma en que creemos, no es algo que definimos, no es parte de una ecuación ni se somete a eso. Entonces siempre he tenido un rollo entre el ruido que me hace tanto el escepticismo radical, como el nihilismo contemporáneo, que es todo el discurso posmoderno, que me parece demasiado facilista o incompleto. Que todo es lenguaje y por ende todo es un constructo. No, la experiencia va mucho más allá de eso.



Bueno en poesía está muy en boga esto, la producción poética joven está súper atravesada por esta poesía del lenguaje y termina siendo muy frívola. Y vos desde esta rigurosidad en el trabajo con el lenguaje hacés aparecer la emoción. Todo El Púgil, el final de Leñador o Ciencias Ocultas son conmovedores.



Igual sí, hay cosas que puede hacer el lenguaje, te indica hacia dónde está la cosa, produce esa inercia que te puede lanzar y uno dice: «ok, ahora comprendo, es hacia allá». Pero no se puede llegar ahí mismo con lenguaje.



¿Con Ciencias Ocultas tomaste la decisión muy pronto de que sea un solo párrafo?



Sí, escribí dos o tres páginas y me di cuenta que no lo había fragmentado, pensé que en realidad no era necesario. Si está funcionando así no voy a cambiarlo por las convenciones de las gramática con respecto al párrafo. Después pensé que tenía sentido porque todo es dentro de una sola habitación. Aunque tampoco es algo que analice tanto. Me di cuenta que funcionaba y le di en esa dirección.



¿Y la idea de llevar al protagonista de Púgil a los bosques en Leñador es algo que también surgió en el momento o apareció después para contener la narración?



También fue al comienzo, escribiendo los primeros párrafos breves aparece la idea de que se estaba escapando de algo, se me vino a la mente la guerra de las Malvinas, de ahí hice el link con el boxeador y pensé que era lindo que sea la misma persona, porque las preguntas son las mismas, pasa que la respuesta es radicalmente distinta. En El Púgil es vacío siempre.



Y en términos de estructura ¿cómo trabajás estas estructuras tan largas?



No sé si pienso en esos términos, pienso en los libros como un lugar, entonces es ir y habitar el lugar y estar ahí. En algunos casos se alarga mucho como en Leñador, en Ciencias Ocultas no tanto, aunque es bien denso.



¿Entonces hay investigación previa o densificás con datos después?



Nada previo, no planifico mucho lo que voy a escribir, me gusta saber un poco hacia dónde va, tengo que tener claro eso, como una especie de gravedad que te dirige. Debo tener claro eso pero tengo que estar obsesionado también. Y ahí mientras voy escribiendo, si necesito investigar algo, lo hago en el momento. Algunas historias lo necesitan pero la mayoría son inventadas, los objetos o las procedencias son inventados, vienen de una visualidad mental. Lo que sí hago es no escribir mucho en una sentada, a lo más una página o página y media. Ahí reviso eso hasta estar conforme. Entonces después hago una relectura donde los cambios son mayormente estilísticos y muy pequeños.



¿Y las descripciones las ensayás? porque en algún momento aparecieron, en El Púgil no estaban por ejemplo.



No, de nuevo es eso de estar en el lugar, estar con el objeto, visualizar y empezar a trabajar cada faceta, cada matiz. Me gusta el efecto que tiene en mí al escribir, como que desacelera el tiempo. Cada objeto tiene una historia, cada aspecto de ese objeto está ahí de manera simultanea, entonces siento que puedo pasar horas en un instante, como que alargo el tiempo. Yo la paso bien así, de pronto el lector se aburre, pero tiene un efecto que a mí me hace sentido, se va dando sola la descripción, no pierdo la paciencia, disfruto de cada uno de los objetos que aparecen.



Para mí tiene incluso un efecto terapéutico, porque ante tanta cosa inmediata, estos libros te exigen otro tiempo.



Exige paciencia, pero lo que tú dices son lectores que están buscando eso. Porque todos estamos desarrollando déficits atencionales a partir de consumir pequeñas dosis de información, todo desechable. Entonces está bien que en cierto sentido el libro sea desalentador, así después de un par de páginas si no es para vos dejás el libro.



¿Lees poesía?



No tanto como debería. La semana pasada leí el libro de Juan Rapacioli, Vidrio (Buenos Aires Poetry, 2017). Trato de leer cosas recientes, sin embargo no tengo mucho tiempo, muchas de mis lecturas tienen que ver con mi trabajo en la universidad, entonces se me acumulan novelas y cuentos, siempre parto por ahí. Sin embargo aunque esporádico, leo, no sé, hace poco estuve leyendo De Rokha, Bertoni, Julieta Marchant, Juan Santander.



¿Te gusta dar clases?



Sí, me gusta, la paso bien.



¿Son expositivas o hacés seguimiento de obra?



Siempre me he acercado al tema de las clases de una forma bastante simple, les doy lecturas y después llegamos a conversar. Ahí profundizo conceptos que también me interesan a mí y aprovecho ciertos textos para pensar. Entonces es una dinámica de conversación. Mi acercamiento a las clases es similar al de la escritura, tengo un concepto general de lo que quiero decir, de lo que quiero hablar y en el momento funciono mucho con la intuición al ver cómo responden ellos, estar atento a qué aspecto les interesa más y entonces vamos por ahí. La paso bien. Me quedé pensando en tu pregunta por la poesía. Y se me viene una laguna de nombres a la mente [nos reímos]



Te lo pregunté por Ártico, vos decís que es una lista, pero tampoco es que sea deliberadamente narrativo, entonces pensaba que quizás en ese momento leías poesía.



O sea tengo claro que tiene elementos poéticos y también la forma, estamos como programados para ver en cierto tipo de disposición poesía. Pero para mi es sumamente narrativo. Aunque claro, cuando uno escribe aparece lo que uno tiene acumulado en la vida, todas las lecturas están ahí, presentes [hace un gesto como si estuviese a punto de ingresar al mar, un gesto de nadador que hace pensar en un ave enorme que pende detrás de él]. Pero en Ártico lo fundamental es el lugar, las lecturas están ahí de manera implícita, cocinando algo a fuego lento, lo que estaba ahí de forma explicita era Ushuaia.



¿Fuiste a un tipo de residencia o coincidió con otra cosa?



No, me arranqué. Se publicó... [agarra el libro que llevo conmigo y revisa en la solapa] se publicó en 2017, o sea que lo escribí en 2015. Recuerdo que fue un invierno particularmente cálido en Santiago y me sentí estafado. Tenía la idea, una idea muy vaga de lo que quería escribir y que tenía que ver con el frío. Y entre el sur de Chile y el de Argentina lo decidió una oferta aérea, así que me fui a Ushuaia y pasé como un mes del invierno allá. Después volví y lo terminé de escribir.



El link con Leñador es ineludible: ¿te interesa el frío como atmósfera? ¿tiene que ver con tu infancia en EEUU?



Sí, yo nací en Missouri, donde nevaba mucho, y luego regresé a estudiar en Ítaca, al norte del Estado de Nueva York, cerca de la frontera con Canadá, donde en inverno hace 20 o 30 grados bajo cero. A mí me gusta el frío, me interesa también el tema de que es una temperatura que de a poco está desapareciendo. Además me interesaba explorarlo. Hay algo en esa temperatura, algo de cierta lentitud, y eso es lo que busco también con las descripciones, desacelerar la experiencia. El frío lleva a la quietud y me interesaba por eso.



¿Crees que es posible hablar de un tema en tu literatura?



No suelo linkear los libros. Pero si hay algo es lo que hablábamos al comienzo, esa preocupación más bien sobre el sentido, eso está siempre, siempre estoy buscando eso. Cada libro se acerca a eso de forma distinta. Si hay algo que una los libros es eso, el sentido casi con mayúsculas, que no es cuestionable, ni siquiera es subjetivo.



Leíste algo reciente que te haya gustado? No interesado sino gustado realmente.



Hace poco me tomé el tiempo de leer a Mariana Enríquez y me gusta mucho. Otro libro que todavía no ha llegado de Francisco Díaz que se llama En la colina (Candaya, 2019) me gustó mucho. El año pasado leí bastante a Cozarinsky, a Saccomano,  a Rimsky. Pucha, el problema de empezar a enumerar es que quedan muchos afuera.



Igual mi pregunta era para seguir con los autores que realmente te gustan, a los que volvés cuando está podrido.



Bueno, los que están siempre presentes, vuelva o no son siempre los mismos. Roberto Arlt, en el caso de Ciencias Ocultas Lovecraft, Sherley Jackson, Flannery O'Connor, Cormac McCarthy especialmente, ahí está todo el tema del vacío, esa lectura gnósticas que tiene del cosmos. Borges obvio, María Lusa Bombal. Oesterhel, el Eternauta cuando era chico me marcó tremendamente. Aunque el libro que configuró mi mapa mental son Los siete locos y Los lanzallamas. La pregunta central de la novela, de Erdosain acercándose a todo ese tema antes que incluso los franceses.

Bueno y también mucha influencias vienen de textos no literarios, filosóficos. Debajo de todo están Hume, Berkeley, Kierkegaard, Nietzsche, Wittgenstein, Heidegger. El escepticismo radical radical... [la repetición le da al primer término un valor que no tenía, léase esta respuesta como complemento de su crítica al escepticismo y al posmodernismo de más arriba] él fue el tipo irrefutable durante mucho tiempo, cuando cuestiona al yo y te ilustra toda la cuestión de que no puedes encontrar al pensador detrás de los pensamientos, desde ahí todo se empieza a disolver. Ese discurso empírico radical donde, desde su mirada, ya que la causalidad es metafísica porque que no podemos experimentarlo, hasta la ciencia se vuelve esotérica, el método científico no es verificable. La causa y efecto es una deducción... a mí me dio vuelta todo. Hume me destruyó todo el piso, ¿ahora qué voy a hacer?



¿Creés que tiene que haber algo en la formación de un escritor?



No, es que yo nunca he pensado en la escritura como un tema de formación, ni de oficio, ni eso de encontrar tu propia voz, yo no creo en eso. Para mí es súper simple: si tienes ese impulso, escribe. Si les gusta a los demás es aparte. Yo nunca estuve en un taller, me imagino que tienen su utilidad en el sentido en que te obligan a escribir, pero no creo en formas correctas de escribir, son ganas, es esa cosa adentro, es casi como estar enfermo.